Mi historia no es única pero el final sí lo es

Por: la Dra. Melanie B. Hoskins

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Unos días antes de terminar la secundaria, el periódico local publicó un artículo sobre los estudiantes que se graduaban. Me entrevistaron a mí y a tres de mis compañeros, y nos preguntaron cuáles eran nuestros planes para el futuro. Nuestras respuestas sonaban como las de jóvenes normales que iban camino a la universidad.

La verdad es que mi vida hasta ese momento no había tenido nada de normal. Mi mamá me mandaba a una iglesia cercana para que pudiéramos recibir comida y algo de ropa. Ese tipo de cuidado empezó a acercarme a Dios.

Muchos de mis compañeros venían de hogares con dos padres, pero mi infancia fue inestable. Desde muy pequeña presencié violencia doméstica, abuso de sustancias y pérdida de vidas. Fui agredida sexualmente varias veces, y una de esas experiencias hizo que me convirtiera en madre cuando todavía estaba en la escuela intermedia.

Ese nunca fue el plan que yo tenía para mi vida.

Siempre quise salir de la pobreza. Quería ser contadora, aunque no conocía a nadie que trabajara en ese campo. Era buena para las matemáticas, era callada, me encantaba leer y me gustaba la idea de trabajar con computadoras.

Mis maestros me ayudaron a mantenerme enfocada, pero no fue fácil. Cuando tenía ocho meses de embarazo, arrestaron a mi mamá. Durante un tiempo, fui de casa en casa entre distintos familiares y estuve separada de mis hermanos.

Aun así, por la gracia de Dios, me gradué de octavo grado con el mejor promedio de mi clase.

Mi familia decidió que mi hija y yo viviríamos con mi abuela mientras yo terminaba la secundaria. No era perfecto, pero era más estable. Yo seguía yendo a la iglesia y aprendiendo a confiarle a Dios mis problemas, así como mis esperanzas y sueños.

Convertirme en madre me obligó a encontrar mi voz y asumir más responsabilidades. Estaba enojada por lo que había perdido y por los desafíos que ahora enfrentaba, pero canalicé esa energía hacia el cumplimiento de mis metas. En realidad, yo era una niña criando a otra niña, pero mi abuela me ayudaba a cuidar a mi hija para que yo pudiera ir a la escuela.

Nadie me obligaba a ir a la escuela ni a trabajar. Nadie me decía: “¡Buen trabajo!” cuando me iba bien, ni siquiera cuando obtuve el puntaje más alto de mi clase en el examen de ingreso a la universidad (ACT). Para mi último año de secundaria, yo estaba muy cansada. Había tenido varios trabajos, seguía participando en la escuela y tenía buenas calificaciones.

Pero me estaba graduando de la secundaria, algo que muchas personas de mi familia no habían logrado. Y no me detuve allí.

Con mucho esfuerzo y el apoyo de mi abuela, llegué a graduarme de la universidad tres veces. Obtuve mi título universitario en Contabilidad y luego regresé para hacer mi MBA. Dieciséis años después, volví a estudiar para obtener un doctorado. Cometí errores en el camino, como rechazar una beca completa, pero seguí adelante.

Creía que Dios bendeciría mis esfuerzos, y así lo hizo.

Construí una carrera como contadora y creé una vida estable para mi familia. Ahora uso mi voz y mis experiencias para ayudar a otras personas.

Me han dicho que mi historia no es única, pero que el final sí lo es. Y he llegado a entender lo que eso significa.

Muchos jóvenes crecen en ambientes inestables. Muchos viven traumas. Muchos se ven obligados a asumir responsabilidades de adultos demasiado pronto. Un comienzo así puede sonar familiar, pero no tiene por qué detenerte. Tener, o encontrar, un apoyo que te levante y no solo una ayuda pasajera marca toda la diferencia.

En mi vida, ese apoyo se vio en maestros que me recordaban mi potencial y en una abuela que se aseguró de que yo no tuviera que cargar con todo sola.

Ese apoyo no borró lo que viví. Pero cambió lo que fue posible después.

Al mirar atrás, sé que trabajé duro. Sé que tomé la decisión de seguir adelante. Pero también sé que no lo hice sola.

Y la verdad es que no todas las personas reciben ese tipo de ayuda.

Si estás leyendo esto y tu vida no va como la imaginaste, no estás sola. Tal vez tu historia no empezó como la habías planeado.

Pero con el apoyo adecuado y la disposición de seguir adelante, no tiene por qué terminar allí. Ese apoyo se ve diferente para cada persona. Para algunas, es una amiga de confianza, una maestra o un grupo pequeño de la iglesia. Para otras, puede ser cuidado infantil asequible, políticas escolares flexibles o ayuda con vivienda y transporte. Tu comienzo no determina tu final.

Mantente enfocada. Pide ayuda cuando la necesites. Sigue avanzando.

La Dra. Melanie B. Hoskins es contadora pública certificada, profesional de políticas públicas y fundadora de Brightspot Publications. Fue la primera generación de su familia en graduarse de la secundaria, construyó una carrera de tres décadas en el mundo corporativo de Estados Unidos y ahora usa su voz y su experiencia de vida para apoyar a otras personas que están atravesando la vida después de una pérdida, inseguridad financiera y grandes transiciones. Le apasiona ayudar a las personas.

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• ¿Qué desafíos enfrentó la Dra. Hoskins mientras crecía y se convertía en madre siendo tan
joven?
• ¿Quiénes fueron algunas de las personas que apoyaron a la Dra. Hoskins en el camino, y cómo la
ayudaron?
• ¿Qué significa para ti la frase “Tu comienzo no determina tu final”?

Puede encontrar este artículo y más en la Edición de Reach UP: Verano 2026

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