Escucha Ahora

Pensé que estaba perdiendo la cordura. Estaba acostada en la cama cuando escuché una voz burlona decir: “Mírala nada más”, como si yo fuera algo asqueroso. Luego escuché risas. Me levanté de un salto, temblando y llorando. Clamé: “¡Dios, por favor ayúdame! Estoy tan cansada de vivir así. ¡Muéstrame qué hacer!”
Todo ese dolor se acumuló hasta que llegué a un punto de quiebre —esa noche en la cama cuando clamé a Dios por ayuda. Poco después de orar, mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi prima invitándome a la iglesia ese domingo. Me quedé mirando el texto y pensé: ¡Ajá! Esta es mi señal. Tenía miedo, pero sabía que tenía que ir.Llegó el domingo y subí las escaleras de la iglesia con el estómago hecho un nudo. Me sentía tímida y pequeñita. Pensé: Yo no pertenezco aquí. No soy lo suficientemente buena para estar en una iglesia. Pero entré de todos modos. Cuando el pastor habló, sentí como si me estuviera hablando directamente a mí. Cada palabra me golpeaba el corazón. Mi alma se sentía sedienta. Ese día supe —yo quería más de Dios.
Seguí regresando. Cuando acepté a Jesús como mi Señor y Salvador, las cosas comenzaron a cambiar. Poco a poco, fui aprendiendo quién soy y a quién pertenezco. ¡Soy hija de Dios! Aprendí que el enemigo (el diablo) intenta usar nuestras debilidades como una herramienta para mantenernos atadas, sintiéndonos indignas y perdidas. Pero Dios toma las peores partes de nuestra historia y las transforma en algo bueno.
Fui a terapia por mi depresión y ansiedad. Me senté con consejeros y les conté la verdad sobre mi pasado. Fue difícil, pero poco a poco me fui sintiendo más liviana.
A medida que seguía escuchando la verdad de Dios en la Biblia, empecé a cambiar por dentro. Mis pensamientos cambiaron. Mi corazón cambió. Mi manera de ver mi vida cambió. Ya no era solamente “la chica con la mamá inestable y el papá en prisión”. ¡Era una mujer amada por Dios, una mujer con propósito!
Hoy soy Trabajadora de Salud Comunitaria, ayudando a las personas a conectarse con servicios y programas para que puedan convertirse en la mejor versión de sí mismas, sin importar lo que estén viviendo. Mis hijas están prosperando. Me encanta escribir, reír, bailar y conversar. Trato de vivir cada día con propósito y pasión. ¡Ora y camina con gracia!
Hermana, tal vez tu vida se siente pesada ahora mismo. Tal vez te sientes baja, sucia o no lo suficientemente buena —igual que yo me sentía. Tal vez eres mamá, sobreviviente o una mujer que todavía está tratando de entenderlo todo. Pero este no es el final de tu historia.
Hermana, vive en voz alta. Fuiste hecha por Dios. Mantén la cabeza en alto y los ojos en Él. Incluso si tu fe se siente pequeñita, aférrate. Tu pasado, tu dolor y tus errores no te definen.
Eres perfectamente imperfecta y eres profundamente amada.
