Escucha Ahora
Me obligaron a prostituirme por primera vez a los quince años. Esto fue lo que pasó: Un día iba llorando por la calle. Un hombre se detuvo junto a mí en su coche y me preguntó por qué lloraba. Dijo que era demasiado peligroso para mí estar sola en la calle y quería llevarme a comer. No tenía miedo ni nada. No había señales de alarma. Me sentía bien. Así que me subí al coche y fuimos a comer.
Después de eso, este hombre me llevaba al cine. Me compraba ropa. Me llevaba a bares. Me presentó como su novia y empezó a decirme que nadie volvería a hacerme daño. Dijo que no sabía qué les pasaba a mi mamá y a mi papá por permitir que me pasaran estas cosas. Dijo que si él hubiera estado presente, no habría pasado. Y se ganó mi confianza.
Me amenazó diciendo que si me escapaba, si le contaba a la policía o a alguien más, mataría a mi mamá, a mi hermano, a mi hermana y a mi hijo. “Ellos” cortarían mi cuerpo en pedazos y lo enterrarían por todo Michigan.
Fui víctima de trata por veinte años. Me obligaron a prostituirme en mi ciudad y en todo el país. Caí en la adicción al alcohol y al crack, perdí a dos de mis hijos en el sistema de acogida y tuve un historial policial larguísimo. Mi dolor era insoportable.
Un día bebí todo el alcohol que tenía, me tomé todas las pastillas y usé todas las drogas que encontré. Quería morir. Recuerdo cómo mi corazón se iba apagando y, con mi último aliento, grité: “¡Si hay un Dios en el cielo, ayúdame!”. De repente sentí un abrazo fuerte, de esos que nunca había recibido de niña. ¡Supe que tenía que ser Dios! Vomité todo lo que tenía en el estómago, llamé a mi mamá y me fui a vivir con ella para empezar a recuperarme.
Mi consejo: busca a alguien de confianza con quien puedas hablar. Es importante compartir lo que pasa en tu vida en vez de guardártelo. Encuentra a esa persona —una maestra, alguien de la iglesia, una trabajadora social o la mamá de una amiga— y cuéntale lo que de verdad está pasando. Y si eres adulta cuidando a una niña o adolescente, sé tú esa persona para ella y ayúdala a encontrar también una segunda persona en la iglesia, la escuela o alguna organización.
Cuando tomé la decisión final de dejar de ser explotada (ya lo había intentado varias veces antes, pero siempre volvía), nunca miré atrás. Fui a rehabilitación y dejé de beber y consumir drogas.
Fue difícil, pero trabajé en mis traumas. Aprendí que si no trabajaba en ellas, ellas acabarían conmigo. Con el tiempo, me vi no solo como una víctima, sino como una sobreviviente que podía ayudar a otras en esa situación.
Mi consejo: llama a una persona de confianza cuando estés en apuros. Tal vez tengas hambre, miedo, no tengas dónde quedarte o no te sientas segura. Lo que te haga sentir en peligro puede ser diferente a lo que me pasó a mí, pero lo importante es llamar a alguien en quien confíes. Si no logras localizarla, busca lugares que den ayuda.
Mi consejo: muchas ciudades tienen líneas de ayuda y agencias que no te rechazarán. También hay defensores para jóvenes que huyen de casa. Pregunta por esos lugares para obtener el apoyo que necesitas.*
Yo sé lo que viven las mujeres (y hombres) víctimas de trata porque yo lo viví —lo peor de ello.
¡Hoy, ayudo a mujeres a escapar!
Cuando una mujer me contacta y está lista para huir de su explotador, recojo información sobre él, reviso dónde trabaja, preparo una ruta de escape y decido un lugar seguro para llevarla. Cuando me llama, estoy lista. La recojo cuidando que no nos sigan. La llevo a conocer a otras mujeres que pasaron por lo mismo y pueden cuidarla. Le ayudo a conseguir atención médica, desintoxicación y conexiones con profesionales y terapeutas especializados en trauma. Es muy importante mantenerla a salvo porque su explotador va a querer recuperarla —o matarla.
Mi consejo: ten un plan de escape. Haz esa llamada a la persona que te ayudará, prepara algunas cosas básicas para llevar y sigue sus instrucciones con exactitud para que puedas salir de tu vieja vida hacia la nueva.
Han pasado veinticinco años desde que salí de esa vida. Los cambios no fueron fáciles, pero por la gracia de Dios sigo aquí. Alguna vez pensé que no era nada ni nadie, pero Dios tomó a esa “nadie” y la convirtió en alguien.
Recibí un indulto de la gobernadora Gretchen Wittmer y mi historial policial fue borrado. Ella me dijo que estaba muy orgullosa de mí. Ahora soy miembro de la Comisión de Trata Humana de Michigan.
Todo este cambio y transformación me muestran que no hay límites para lo que Dios puede hacer.
No voy a dejar que nadie me limite. Mi explotador lo hizo —por un tiempo. Otras personas me juzgaron y me frenaron. Pero ya no más. Cuando ayudo a una mujer a sentir seguridad y libertad, le pregunto: “¿Qué soñabas ser de niña?”. Una me dijo que quería tener un salón de belleza… y ahora lo tiene. Estoy muy orgullosa de ella.
A veces las puertas se cierran, pero eso no me detiene. Dios convirtió mi dolor en pasión por ayudar a otras a pasar de la oscuridad a la luz. Y Dios puede hacer lo mismo contigo.
Mi consejo: mantén tu enfoque en Dios. Él me dijo personalmente que debía concentrarme en Él y solo en Él, sin importar lo demás. No dejes que nadie te diga lo que no puedes ser ni hacer. Escucha a Dios.
Leslie F. King es la fundadora de Sacred Beginnings (www.sbtp.org), un programa dirigido por sobrevivientes para personas que han sido víctimas de tráfico sexual o explotación sexual. Es autora de When Angels Fight: My Story of Escaping Sex Trafficking and Leading a Revolt Against the Darkness (Cuando los ángeles luchan: mi historia de cómo escapé del tráfico sexual y lideré una revuelta contra la oscuridad). Vive en Michigan.


