La pausa que lo cambió todo: Comer para vivir

Por: KC Johnson

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Desde que tengo memoria, la comida ha sido mi consuelo, mi bastón y, siendo honesta, mi adicción. Pollo frito, macarrones con queso, galletas, papitas, helado—comía lo que se me antojara.

Cuanto más trataba de dejarlo, más me daba cuenta de que la comida tenía poder sobre mí. Cedía a los antojos, aunque no fueran buenos para mi cuerpo, mi mente ni mi espíritu. Me miraba al espejo y me sentía decepcionada, pero seguía haciendo lo mismo una y otra vez.

Pero la comida no era el único problema. No estaba cuidando mi cuerpo en absoluto. Empezaba un nuevo plan de ejercicios, lo seguía por unas semanas, y luego volvía a mis viejos hábitos. Aun así, cada vez que fallaba, escuchaba una voz suave que decía: No te des por vencida.

Así que no lo hice. Seguí intentando.

Con el tiempo entendí que mi problema no era solo con la comida o el ejercicio. Era con el dominio propio. No sabía cómo decir “¡No!” a la comida, a los gastos, a ciertas relaciones o incluso a cómo usaba mi tiempo. Ahí fue cuando lo entendí: no necesitaba otra dieta; necesitaba una nueva forma de pensar.

Hablé con Dios al respecto. Oré por dominio propio. Oré para mantenerme en camino. Le pedí que me ayudara a entregarle cada parte de mi vida—aun la comida que comía. Y entonces, Él me mostró algo poderoso:

Él es la fuente de todo lo que da vida, incluso en la comida.

Comencé a ver la comida de otra manera. Ya no era solo consuelo, sino algo que me daba vida. Verás, yo era una comedora emocional. Ese plato de macarrones con queso me recordaba las cenas de los domingos y sentirme amada. Cuando estaba triste y necesitaba consuelo—o incluso cuando estaba feliz y quería celebrar—me refugiaba en mis comidas favoritas.

Y no creo ser la única. En todas las culturas tenemos comidas favoritas, comida rápida y platos que nos confortan, aunque no le hacen bien a nuestro cuerpo.

Ahora, me detengo y me pregunto: ¿De verdad tengo hambre? ¿O solo estoy aburrida, triste o estresada? ¿Por qué quiero esto? ¿Qué estoy sintiendo? Esa pequeña pausa lo cambió todo.

El cambio no fue fácil. Empecé poco a poco, comiendo alimentos más saludables como mangos dulces, arándanos jugosos y ensaladas coloridas—cosas que vienen de la tierra y le dan energía a mi cuerpo. Luego incorporé más alimentos que dan vida. Cuanto más elegía lo bueno para mi cuerpo, mejor me sentía. Tenía más paz y más confianza.

No ha sido perfecto. Algunos días son difíciles. Pero hice una promesa: comer para vivir y amar mi cuerpo en el camino. Soy amable conmigo misma y sigo adelante.

Después de cinco meses de comer sano y hacer ejercicio, perdí 50 libras. Pero más importante aún: perdí el cansancio constante, el dolor en mi cuerpo y la vergüenza. Y gané algo aún mejor: una mente clara, un corazón libre y la certeza de que Dios está conmigo. ¡Me siento más liviana en el cuerpo y en el alma!

Si alguna vez has pensado en rendirte con tu salud, tu valor o tu vida—no lo hagas. No eres floja. No estás rota. Solo estás aprendiendo. Y Dios siempre estará ahí para ayudarte, incluso en tu cocina.

Aquí te dejo algunas cosas que aprendí y que pueden ayudarte también:

No te rindas contigo misma—aun si tienes que volver a empezar una y otra vez.

Sigue adelante—mueve tu cuerpo, incluso cuando no tengas ganas.

Piensa antes de comer—pregúntate qué estás comiendo y por qué.

Apóyate en Dios—Él está ahí para ayudarte, también con tu salud.

Tómate fotos de tu progreso—ayudan cuando la balanza no lo muestra.

Ámate durante el proceso—sé amable, ten paciencia y confía en el proceso.

Tú vales el esfuerzo. Tú vales comenzar de nuevo. Y tú vales la vida increíble que te espera cuando dices “¡Sí!”

KC Johnson es la fundadora y directora de Kingdom Business Etc., una organización cristiana que ayuda a las personas a crecer con propósito y desarrollo personal. Para más consejos y herramientas, visita www.kingdombusinessetc.com o contacta a KC en kcjohnson@kingdombusinessetc.com.

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Puede encontrar este artículo y más en la Edición de Reach UP: Otoño 2025

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